En respuesta al artículo «Ens hi juguem molt», publicado por Vicent Grimalt en Denia.com. El exalcalde ha vuelto a la primera línea para advertirnos de los horrores que nos esperan si gobierna la derecha, asegura que la izquierda no utiliza el miedo como arma electoral y, acto seguido, exclama que sus adversarios dan miedo. Pues miremos, señor Grimalt.
El Aguijón
Lunes, 19 de octubre de 2026, 16:45 · 5 min de lectura
Vicent Grimalt · wikipedia
Vicent Grimalt ha vuelto. Y ha vuelto asustado. Tanto, que ha decidido regresar a la primera línea política y firmar en Denia.com un artículo, «Ens hi juguem molt», para advertirnos de todos los horrores que nos esperan si gobierna la derecha. Habla de fascismo, de regresión y de derechos amenazados. Incluso asegura que la izquierda no está utilizando el miedo como arma electoral, para acto seguido exclamar que sus adversarios dan miedo. Una contradicción bastante llamativa. Pero lo verdaderamente interesante llega cuando nos invita a mirar al pasado. Pues miremos, señor Grimalt. Aunque sospecho que el viaje no será precisamente el que usted había imaginado.
Empecemos por ETA. Por las bombas, los tiros en la nuca, los niños asesinados y las familias que vivieron aterrorizadas durante décadas. Eso sí era miedo, señor Grimalt. Y no hace falta irse lejos para recordarlo. El 30 de enero de 2005, ETA hizo estallar una mochila con cinco kilos de explosivo en el Hotel Port Dénia, frente a la Marineta Cassiana. Hubo que desalojar a 190 personas y cinco necesitaron atención médica. Fue el último de los siete atentados que la banda cometió en Dénia y Xàbia.
Hace 35 años, ETA colocó una bomba en el coche de Irene Villa, de tan solo 12 años, y su madre, María Jesús González, cuando se dirigían al colegio en Madrid. Ambas sobrevivieron, pero sufrieron gravísimas mutilaciones que marcaron sus vidas para siempre. Madrid, 17 de octubre de 1991. · ABC
Y resulta que el PSOE ha alcanzado acuerdos parlamentarios con EH Bildu, una formación que en 2023 presentó a 44 candidatos condenados por delitos relacionados con ETA, siete de ellos por asesinatos. ¿No merece eso alguna reflexión cuando se habla de amenazas a la democracia? Y sigamos con Ábalos, Koldo y Cerdán, tres hombres que ocuparon puestos fundamentales en el entorno de Pedro Sánchez. Dos condenados y el tercero investigado tras pasar por prisión. Añadamos un fiscal general condenado, procedimientos judiciales que afectan al entorno familiar del presidente y las investigaciones sobre Leire Díez y presuntas maniobras contra la justicia. Hasta el punto de que una mujer vinculada a un clan del narcotráfico ha declarado ante la UCO que personas de esa trama le hablaron de «eliminar» a la jueza que investigó al hermano del presidente. ¿Eso no le preocupa, señor Grimalt? Porque todo este historial de escándalos y asuntos judiciales a los ciudadanos de a pie sí nos da miedo. Y mucho. Pero usted prefiere advertirnos de las desgracias que todavía no han ocurrido.
Y mientras tanto, España tiene problemas que no necesitan ninguna bola de cristal: listas de espera sanitarias, dificultades para acceder a una vivienda, deficiencias ferroviarias y una tragedia en Adamuz que dejó 46 muertos y cuyas responsabilidades siguen investigándose. La Palma, la DANA y los incendios también han dejado preguntas muy serias sobre la actuación de las administraciones. Por no hablar de Ceuta, donde una entrada masiva de más de 70.000 personas desbordó la frontera y puso a prueba la capacidad de respuesta del Estado, pese a las alertas previas. Los servicios públicos no son ejemplares porque un político lo proclame desde una tribuna. Lo son cuando de verdad funcionan. Y las numerosas deficiencias que padecen los ciudadanos merecen respuestas, no discursos triunfalistas. Si Grimalt considera que la derecha pretende recortar derechos, lo razonable es exigirle medidas, programas y propuestas concretas. Anunciar catástrofes sin explicar sus fundamentos puede servir para una campaña electoral, pero no sustituye a los argumentos.
Y esto de anunciar desgracias parece haberse convertido en una especialidad del señor Grimalt. Siempre anticipando catástrofes, siempre advirtiéndonos de los peligros que nos esperan, siempre dando por hecho lo peor antes de que suceda. Lo dijo él mismo en mayo, a propósito del proyecto de Tamarindos: «A mí me da mucho miedo». El Nostradamus de Dénia ha decidido ampliar horizontes y ahora se atreve a pronosticar el futuro de toda España. Pero antes de preocuparse tanto por lo que podría ocurrir mañana, quizá convendría mirar la ciudad que gobernó durante once años. Los vecinos denuncian suciedad, calles oscuras, baches, aceras deterioradas y zonas verdes que tienen más de marrones que de verdes. ¿Debemos temer que todo eso empeore todavía más? ¿O deberíamos empezar por comparar la Dénia que encontró con la que dejó? Y, sobre todo, preguntar por el Plan General que defendió su gobierno, por sus recursos judiciales y por las posibles indemnizaciones que podrían acabar pagándose con dinero de todos. Porque si las decisiones urbanísticas generan responsabilidades millonarias, no será el alcalde quien las pague de su bolsillo.
Los ciudadanos no necesitan que nadie les señale continuamente a quién deben temer. Necesitan información, resultados y políticos dispuestos a responder por sus decisiones. Usted tiene todo el derecho a criticar a sus adversarios, señor Grimalt, pero sus predicciones no son hechos demostrados ni sus propias responsabilidades pueden quedar fuera del debate.
Usted termina diciendo que nos jugamos mucho. Tiene razón. Nos jugamos que la democracia sea algo más que una competición de alarmas. Nos jugamos que todos los partidos, también el suyo, se sometan al mismo examen. Y nos jugamos, sobre todo, que los políticos dejen de tratar a los ciudadanos como niños a los que hay que asustar para que voten «bien».
Así que siga mirando al futuro, señor Grimalt. Pero la próxima vez que nos recomiende mirar al pasado, no cierre los ojos justo cuando le toque mirar al suyo.